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miércoles, 16 de marzo de 2011

La Gloria de Don Ramiro


Enrique Larreta (1875-1961) fue un escritor argentino que pasó bastante tiempo en España. Formó junto a Unamuno y Zuloaga un trío de amigos famoso en su tiempo. Google dispone de toda la información que se desee obtener sobre todos ellos. 

La Gloria de Don Ramiro (una vida de tiempos de Felipe II)’, publicada en 1908, y que figura entre sus mejores obras, cayó en mis manos de forma accidental, precisamente gracias a un comentario sobre el prólogo que para la misma hizo don Miguel de Unamuno cantando sus excelencias (recuerdo textualmente: “retrata como ninguna otra el alma castellana”), y que, desgraciadamente no encabeza la edición que tengo en mi poder. 

La obra es una auténtica delicia tanto por su argumento como por su prosa. Se desarrolla casi al completo en Avila, de la que constituye un verdadero canto (a sus piedras, sus murallas, sus palacios, sus iglesias, su río Adaja). Centrada en el Torreón de los Guzmanes (actual sede de la Diputación Provincial, y domicilio de la familia De La Hoz en la obra), a lo largo de sus páginas desfilan apellidos y personajes tan célebres como los Águila, los Velada, los Valderrábano, los Bracamonte o los Dávila (sus mansiones y/o palacios siguen en pie en la ciudad amurallada, algunas transformadas en recomendables hoteles), figuras con nombres tan sugerentes como doña Guiomar, madre ascética y perennemente enlutada de Ramiro, o tan conocidas como Teresa de Cepeda, cuyo fallecimiento coincide con el inicio de la novela, Antonio Pérez, el célebre y proscrito secretario de Felipe II o el Greco. Larreta maneja a la perfección el ambiente en que se mezclan los diarios ‘milagros’ de los conventos abulenses en aquella época, la convivencia con los sospechosos y perseguidos moriscos, la hechicería, los pícaros, “los genoveses” (judíos prestamistas), el ojo siempre vigilante de la Inquisición, y esa mano,  temible, poderosa, insomne, obsesiva y omnipresente de Felipe II desde El Escorial. La limpieza de sangre, la desconfianza hacia los conversos, una conspiración contra el rey, y en especial, el auto de fe en la plaza de Zocodover de Toledo, meticulosamente detallado, son asuntos que Larreta afronta descarnadamente, sin bálsamos ni emplastes. 

Su prosa es un verdadero lujo. Riquísima, florida, penetrante, cautivadora, de arcaicas connotaciones en sus diálogos, salpicada de casticismos que la enriquecen, y cuyos recovecos hacen olvidar a veces la historia, para disfrutar de su modo de contarla. 

Mi edición es la 13ª de Espasa y Calpe para la Colección Austral, de 1970, conseguida a través de Iberlibro, pero da igual, donde y como quiera que la halléis, no la dejéis pasar de largo. Os lo recomiendo encarecidamente. 


Reivindicación de Mújica Laínez

Me tropecé con Mújica Laínez, don Manuel, por pura casualidad, como me ha ocurrido mayoritariamente con los autores que de verdad me han entusiasmado. Debió ser la sobreabundancia de libros en la biblioteca pública o las estrecheces que éstos empezaban a padecer en los anaqueles, el caso es que había un añadido extraño, estrecho, como una librería de salón, de no más de un metro de ancho, atestada de libros en un lugar que antes era solo pasillo. En la parte superior, justo a la izquierda, Bomarzo era el primero. ¿Mújica Laínez? Me suena, pero no sé de qué. Lo llevé a casa, y después de las cien primeras páginas, aprovechando el primer viaje a Madrid y mi obligada visita a la Casa del Libro, lo compré. Algo parecido me ocurrió con los otros dos que componen una trilogía no declarada: El Unicornio y El laberinto. Esta vez fue Uniliber quien me echó una mano para hacerme con ellos. Prácticamente, desde que puse mis ojos en la primera página de Bomarzo, no paré hasta acabar esa trilogía. Y no me arrepiento. 

BOMARZO transcurre durante el renacimiento italiano y narra la vida de un príncipe, Pier Francesco Orsini, un personaje deforme obsesionado por la creación de un jardín de monstruos cuya belleza aún perdura y que atrapó al propio Mújica, que decidió escribir la historia novelada y novelesca del jorobado príncipe. En ella podemos asistir desde la coronación de Carlos I de España a la batalla de Lepanto, pasando por la cotidianeidad del crimen y las poco edificantes costumbres de papas y personajes de la época. Al parecer, de esta obra, la más famosa de las tres, salió una ópera cuyo éxito o fracaso, desconozco. 

EL UNICORNIO, segunda obra de la trilogía, se desarrolla en la Francia de la Edad Media. Su protagonista es un hada (sí, un hada con cuerpo de serpiente y alas de murciélago ¿qué pasa?), testigo de los avatares de esa época tumultuosa de las Cruzadas, que sigue las peripecias de su prole hasta la toma de Jerusalén por Saladino. La ferocidad y la brutalidad de aquellos oscuros tiempos ponen el marco de este mágico relato, en que la fantasía es una de sus principales bazas. 

EL LABERINTO, última de la zaga, resulta mucho más familiar sobre todo en su primera mitad. Ginés de Silva, el chico que en la parte inferior del cuadro 'El entierro del Conde de Orgaz' mantiene un cirio encendido mientras contempla al espectador (y que según ciertos autores era hijo del Greco), nos mostrará la España de los tiempos de Felipe II, sus bellezas y sus miserias, antes de partir hacia las Américas. Declara ser hijo de la 'ilustre fregona' cervantina y sobrino del 'Caballero de la mano en el pecho', y con esos mimbres, Ginés nos presentará a personajes que van desde Lope de Vega al Inca Gracilaso, pasando por Fray Martín de Porres o Juan Espera en Dios (el Judío Errante que aparece en todas las de la trilogía de una forma u otra). 

En común mantienen una excelente literatura, un estilo sin desperdicio que obliga a leer pausado, sin prisas, disfrutando siempre de su forma de contar, más que de la historia en sí. Una pléyade de personajes abarrota cada una de sus obras, a veces de forma circunstancial tan solo, convirtiéndolas en auténticos maremágnums, en verdadero plató de cine inundado de extras. La magia es, de alguna forma, algo común a las tres, si bien es en EL UNICORNIO donde más resuena su voz. La calidad literaria y el interés se mantienen en toda la trilogía, decayendo algo, para mi gusto, en el último tercio de EL LABERINTO. 

Lo último ha sido su ‘Misteriosa Buenos Aires’, una colección de cuentos breves, muy entretenidos, generalmente situados entre los siglos XV al XVIII. Como ocurre con muchas obras literarias, comprenderé a quien se apasione con su estilo o lo denoste, asumiendo que no es material de consumo para el gran público o el amante exclusivo de betsellers de acción trepidante, escasa profundidad y poca complicación. Pero a mí, Mújica Laínez, me ha subyugado. 

sábado, 12 de marzo de 2011

La desaparición de la santa


Durante el período más duro de la dictadura militar brasileña, en el Museo de Arte Sacro de Bahía se va a celebrar una exposición cuya obra principal es una cotizada imagen de Santa Bárbara ("Iansá" en los ritos afrobrasileiros) que ha sido cedida, con enorme pesar, por el párroco de Santo Amaro de la Purificaçao. Se organiza un cuidadoso traslado de la efigie en barco hasta Bahía, pero la imagen, Santa Bárbara del Trueno, tiene sus propios planes.

Es el inicio de "La desaparición de la santa" (O sumico da santa) de Jorge Amado, escrita en 1.988, cuya acción transcurre durante dos días del principio de la década de los 70. Una obra en la que destaca el profundo sabor a tierra caliente, a samba de roda, a capoeira, "candomblé" (religión de los negros yoruba de Bahía), gastronomía exótica, e incipiente realismo mágico, todo ello impregnado de fuerte erotismo en que se llama a las cosas por su nombre. La novela, de una imaginación desbordante, es un canto a la libertad, al triunfo de la auténtica tradición popular frente a los poderes fácticos, y contra las restricciones de una moral retrógrada impuesta por la religión venida de fuera. Amado arremete contra la iglesia católica y contra el fascismo como forma de gobierno (algún sopapo se lleva España en todo ello) en una obra cuya acción (barroca y ensortijada) roza a veces el delirio, en que la crítica mordaz adquiere tintes de descacharrante humorismo, y en la que sus personajes, numerosísimos, muchos de ellos totalmente desquiciados, entran en una espiral de paranoias y locura colectiva que marcan el ritmo trepidante hasta el reconfortante final.

La excusa de la desaparición de la santa, sirve a Jorge Amado para tejer los mimbres de una historia de amor (Manela y Miro a la sombra de Romeo y Julieta, con sabor a aquél estupendo y clásico "Orfeo Negro" de Marcel Camus, pero sin sus tintes trágicos) que subyace bajo el pretexto de la búsqueda y averiguación del paradero de la traviesa Santa Bárbara.

La aparición de personalidades tan famosas como Vinicius de Moraes, Toquinho, María Bethania, Roberto Carlos, Gal Costa, María Creuza, etc. no hacen más que acentuar el sabor a mulata, al "desafuero del culo de Adalgisa" que dice Jorge Amado, a sones del berimbau y el atabaque.

Su prosa florida y exquisita, fresca, directa y colorista, me trae vientos de otro noble portugués, Saramago, a quien creo ver en alguna de sus frases y en algún rincón de su peculiar estilo.

Un libro para disfrutar del placer de la lectura, que muestra la disyuntiva de hasta dónde hay renunciar, qué lazos hay que desatar, para conseguir lo más auténtico de la vida.