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lunes, 14 de marzo de 2011

Una tumba


Tomo prestado el nombre del relato de Juan Benet, y el estilo periodístico decimonónico de Larra -o eso pretendo, pobre de mí- para contaros una pequeña historia real que desde siempre quise narrar:


Bajo la bóveda del Monasterio de San Lorenzo el Real de El Escorial está el altar mayor de la Basílica y, justo bajo éste, se encuentra situado el Panteón de Reyes. El Panteón, ideado por Felipe II para honrar a sus antepasados, fue construido sin embargo por Felipe IV en un estilo hiperbarroco (con columnas salomónicas, abundancia de pan de oro y suelo de pórfido), que poco tiene que ver con el resto de la arquitectura de tan magna obra. Aquí reposan los restos de todos los reyes que en España han sido, de la casa de Austria y de Borbón, excepto de dos: Felipe V, que yace en La Granja de San Ildefonso (Segovia) y Fernando VI, que reposa con su reina, Barbara de Bragança en el Convento de las Salesas, en pleno centro de Madrid. Al afrancesado José Bonaparte ("Pepe Botella" así llamado) ni se le considera rey, creo, porque tampoco está. Hállase, en cambio un rey tan ajeno como Amadeo de Saboya.


El recinto, un octógono perfecto, tiene seis lados útiles, pues el frente está ocupado por un altar y el acceso al recinto -tras sobrevivir a estrechísima y pina escalinata- constituye el octavo, si bien este lado también cuenta con un par de dorados sarcófagos situados sobre el dintel de la puerta, justo los únicos dos que aún están vacíos (aunque ya tienen asignado dueño). La simetría es perfecta: los reyes a un lado, las reinas justo enfrente de su rey. Situándonos con el altar a nuestra derecha y la puerta a la izquierda, los tres lados que quedan de frente albergan a los Monarcas que han reinado en este país, aunque sea tan someramente como un tal Ludovico (Luis) I, que reinó un mes. Sólo una reina entre todos los varones: Isabel II, puesto que ciñó corona de rey, no de consorte; su esposo Francisco la mira furtivamente desde los sarcófagos de enfrente, rodeado de hembras (hay quien dirá que esa compañía le es grata).


Pero las cosas no son tan simples: cada rey solía casarse varias veces, bien fuera por viudez o para asegurar la corona en la línea masculina de descendencia (recordemos las cuatro esposas de Felipe II). ¿Qué reina de todas las posibles ocupa lugar tan preferente junto al esposo? Sencillo... a medias: sólo aquélla que dio a luz a un hijo varón que luego también reinó. Esta solución salomónica, como las columnas del sacro recinto, no siempre funcionó bien, veamos: La esposa de Felipe IV, la encantadora francesita Isabelle que tan bien retrató Torrente Ballester en "El Rey Pasmado", dio a luz al príncipe Baltasar Carlos, inmortalizado por Velázquez en improbable equilibrio sobre su caballo, y poco tiempo después murió; como había dado a luz al heredero, fue sepultada en sepulcro real, mas ¡oh, burla del destino!: un tiempo después moría Baltasar Carlos sin haber llegado a reinar, y años más tarde asumía el trono su hermano menor, hijo de una reina posterior y que, por supuesto, tenía derecho a reposar en dorada tumba. Así pues, ambas están allí comadreando, aprovechando que el efímero Ludovico I murió soltero o con cónyuge en ultramar, que no lo sé muy bien.


Además de este escaso reducto real (léase lo de "reducto" en sentido estricto, pues los cuerpos son reducidos -y yo creo que hasta macerados- antes de ser metidos en sus cajitas de oropel), además, digo, existe el llamado "Panteón de Reinas y de Infantes", que ocupa muchas otras estancias, y allí es donde están enterradas las reinas que no han sido madres de rey (¡también es mala suerte!), así como príncipes, princesas, infantes e infantesas. Algunas tumbas de bebés sobrecogen por el tamaño: desdichas marmóreas que adornan algo que nunca debió ocurrir con una flor de lís en el frente (Borbones) o una bandera rojiblanca (Habsburgos). La tumba que da nombre a nuestro relato se encuentra aquí, cerca de la galante, apuesta y enguantada figura de D. Juan de Austria, muerto en Flandes en épica lid (de ahí que su figura aparezca labrada en el sarcófago con el guante puesto, ya que quitado significaría en la iconografía al uso una muerte por causa natural).


La tumba a que nos referimos es sencilla, sin labrar con figura humana alguna, en basalto gris brillante; su única peculiaridad es su tamaño, su enorme anchura. En ella yace, al parecer, una princesa o infanta llamada Teresa -quizá algún lector amable y mejor documentado que yo sepa a quién me refiero y nos lo aclare; yo apenas soy una mera turista con ínfulas de cronista.


Teresa estaba perdidamente enamorada de su marido, de ingrato recuerdo, y parece que era algo mutuo. En vida se prometieron compartirlo todo: mesa, lecho, hacienda, hijos, suerte y fatum. Y, llegado el infausto momento de la muerte, compartir también tumba. Mandaron construir el monumental sarcófago negro, con dos huecos que se habrían de comunicar por dentro, para darse las manos y pasar el trago acompañados. Murió Teresa, y su lloroso compañero la alojó en la mitad izquierda del magno túmulo. "Espérame, amor, que en seguida llego", parecía decir el transido amante. Pero la Parca es caprichosa, y no entraba en sus planes llamar a este príncipe tan pronto, así que, pasados los años, semiolvidada Teresa, volvióse él a casar por razón de Estado. Cuando murió, el ingrato mandó ser inhumado junto a su segunda esposa, dejando un hueco imposible de llenar en el sepulcro de basalto de Teresa... y en mi corazón cuando me refirieron la historia.


En los días heladores de invierno, cuando alzo la persiana del salón de casa y veo escarchada la bóveda de la Basílica, y las grandezas y miserias que oculta debajo, pienso en el intenso frío que sentirá Teresa allí sola, amputada de su mitad amada, dando la mano al vacuo agujero que nunca contuvo nada, y nunca contendrá nada más que olvido y decepción.

(La autora de esta entrada es A. P.)

sábado, 12 de marzo de 2011

Época de Tenorios


"...y en todas partes dejé
memoria amarga de mí."

(Zorrilla)


Aún hoy puede leerse que 'El burlador se Sevilla', la famosa obra de Tirso de Molina, bien pudo haberse inspirado en la vida de un personaje que, en esa capital andaluza, cuenta con su propia leyenda: Don Miguel [de] Mañara Vicentelo de Leca (1627-1679). Olvidan sin embargo los que tal predican, que Fray Gabriel Téllez dio a luz su pieza teatral en torno a 1628, época en la que Mañara contaba solo un año de edad. No es tan descabellado imaginar, en cambio, que sí pudo tener algo que ver en el 'Don Juan Tenorio' de Zorrilla, ya en pleno romanticismo español del siglo XIX. (1)

Aún así, la vida (y la leyenda) de Don Miguel de Mañara es, hasta cierto punto, inaprensible, diversa y variada, contradictoria, difuminada a ratos entre la historia y el mito, sobre todo durante su época juvenil. Por ello, mi versión puede ser tan discutible como cualquier otra.

Natural de Sevilla e hijo de nobles hispalenses, Miguel de Mañara tomó los hábitos de la orden de Calatrava a los ocho años, y a pesar de la educación religiosa recibida de su madre, fue en su juventud un personaje pendenciero, tachado de sacrílego, calavera de florete, amante del riesgo, mujeriego y amigo de duelos y arrogancias. Casó a los veintiuno con Jerónima María Antonia de Mendoza y Castrillo, noble granadina, de quien estuvo siempre profundamente enamorado. Llegó a provincial de la Santa Hermandad e incluso fue alcalde mayor de Sevilla.

Muy cerca de la catedral, frente a lo que fuese en otro tiempo augusto Teatro Coliseo, y hoy sede de algún emporio bancario de cuyo nombre no quiero acordarme, hay un pequeño arco, tras el que comienza una calle que lleva su nombre: Miguel de Mañara. Dice la leyenda que, precisamente bajo ese arco, y en medio de una pendencia, cayó desmayado y sin sentido nuestro hombre, y que al volver en sí, contó haber asistido a su propio cortejo fúnebre. Otros cuentan que fue la muerte de su esposa, aquella a la que tanto amó, sin haber logrado descendencia, lo que le transformó de repente y por completo. No faltó quien lo comparó con la conversión de San Pablo tras su caída del caballo.

Es el caso, según las crónicas, que impresionado por uno de estos acontecimientos, decidió abandonar las vanidades del mundo, acogerse a la vida religiosa y purgar sus muchos pecados entregando su vida a la caridad. Repartió sus riquezas e ingresó en el Carmelo con el propósito de ayudar a sus semejantes.

Llegó a ser Hermano Mayor de la Hermandad de la Caridad, entidad con mucho trabajo en aquellos tiempos, tan azarosos para Sevilla, víctima de la peste y las riadas del Guadalquivir, cuya labor consistía, además de socorrer a los miserables, enterrar a los ajusticiados, a los que morían por la calle y a los que el río traía entre sus revueltas aguas, en pedir limosna y trasladar a los enfermos a los hospitales. Fundó el Hospital de la Caridad (hoy la mayor pinacoteca de la ciudad tras el Museo de Bellas Artes) en unas naves cedidas de las Reales Atarazanas, atendida por la Hermandad, que se nutría, tanto ayer como hoy, de lo más florido de la aristocracia sevillana.

Pidió en su testamento ser enterrado a la puerta, para ser pisoteado de la gente, bajo una lápida que rezase: "AQUÍ YACE EL PEOR HOMBRE DEL MUNDO". La lápida existe, pero cerca del altar de la Iglesia, bajo el que yacen sus restos. Cerca de él, y como advertencia, dos tenebrosos cuadros de Valdés Leal la vigilan: "In ictu oculi" (en un abrir y cerrar de ojos) y "Finis Gloriae Mundi", de los que dijese el genial Murillo dirigiéndose al pintor: "Compadre, para ver esto hay que taparse las narices".

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1) Christopher Hares, en su 'Sevilla tras la revolución' dice que el Hospital de la Caridad fue fundado por 'Don Miguel de Mañara o Tenorio, un donjuán del siglo XVII'.

Próspero Merimée, en su obra 'Las almas del purgatorio' deja caer que Don Juan es Miguel de Mañara.

Alejandro Dumas, en su 'Don Juan o la caída de un ángel', combina ambos personajes. Además, en su 'Viaje por España', cuando llega al Hospital de la Caridad, exclama: '¡Anda, un hospicio fundado por don Juan!'

Machado le cita en su 'Retrato': "Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido", esta vez sí, adecuadamente.

(2005)

Tras la pista de Juanelo


Oí por primera vez el nombre de 'Juanelo' cuando, años atrás, con Azucena como guía, visité el Valle de los Caídos, de ominoso recuerdo pero de feliz contemplación para los que, desvistiendo el ropaje de desavenencias con la historia, pero sin olvidarla, procuran por un momento aislar la emoción del paisaje y el momento, y extasiarse ante el auténtico océano verde que, como en oleadas de mar embravecido, cubre Cuelgamuros.

Por 'Juanelos' se conoce comúnmente a cuatro enormes bloques de piedra de 50 toneladas de peso, metro y medio de diámetro por once de altura, situados a la entrada del recinto, cuyo origen y significación ignoraba hasta hace poco. Y así hubiese seguido de no ser por esas coincidencias que nos conceden los libros y el acicate imparable de la curiosidad insatisfecha.

Volví a encontrar a Juanelo en 'El laberinto', de Mújica Laínez, mezclado al nombre harto curioso de una famosa calle toledana: 'Hombre de Palo', también de feliz recuerdo junto a Azucena en nuestra primera visita a la ciudad del Tajo. Asimismo, en 'Yo, la muerte', de Hermann Kesten, una pretendida biografía novelada de Felipe II. Pero fue en una estupenda revista editada por el Ministerio de Fomento sobre 'Ingeniería, Cartografía y Navegación en la España del Siglo de Oro', caída en mis manos por pura casualidad, donde esos mimbres tomaron forma, se anudaron, y formaron una estructura asequible. Y he aquí la historia:

La afición de Carlos V por la relojería hizo que, en las postrimerías de su vida, llamase a su lado, para ocupar sus ratos de ocio, que eran los más, a un relojero e inventor italiano, de nombre Juanelo Turriano. Bajo su dirección, el emperador montaba y desmontaba relojes y artilugios, mientras Juanelo, inventor y curioso de nacimiento, no cesaba de proyectar ingenios increíbles.

La ciudad de Toledo, reinando ya Felipe II, convocó un concurso de ideas y ejecución para abastecer de agua la ciudad, con un suculento premio para el artífice que lo llevase a cabo. Juanelo Turriano aceptó el reto. Diseñó y construyó, con su propio peculio y la esperanza de reembolso de gastos, un artificio que elevaba el agua del Tajo hasta la parte más alta de la ciudad, el Alcázar, situado a 96 metros de altura, con un caudal de 17.000 libros por día (5.000 más de lo estipulado), mediante un intrincado sistema de bombeo mediante 24 torres y 96 cazos que elevaban el agua con la sola impulsión de la corriente del río. El sistema funcionó a la perfección durante más de 50 años, hasta 1639, en que Toledo perdió su importancia y el artificio dejó de funcionar. Pero Juanelo Turriano no cobró un maravedí: una de las cláusulas estipulaba que se trataba de 'distribuir' el agua a la ciudad (que carecía completamente de infraestructura para tal fin) y él solo consiguió lo más difícil, elevarla y hacerla brotar por un caño. Aquello fue su ruina.

Según parece, vivía muy cerca de la catedral, y cuentan (visos tiene de leyenda) que fabricó un autómata de madera que cada día se acercaba al palacio arzobispal a recoger la comida que, como limosna, le facilitaba el clero. De ahí nació el nombre de la calle, 'Hombre de Palo', pues cuenta Laínez que cada noche se escuchaba el golpeteo del autómata de madera al recorrer la calle en dirección al arzobispado.

Hoy en día, los 'Juanelos' del Valle de los Caídos carecen de significación en el lugar en que se encuentran. En realidad estaban destinados a otro de sus 'fantasiosos' proyectos: construir un palacio en Aranjuez, libre de las crecidas del Tajo. Otro sueño de este maravilloso loco.

Juanelo Turriano murió en la ruina, en 1568, como tantos otros genios, tras el desastre económico que le supuso la construcción del artificio que suministró agua a Toledo, cuyos planos se conservan, y de cuyo funcionamiento dicen ingenieros de hoy en día que era imposible.

¿Otro soñador para un pueblo?

MUNUS UXORIS


En la zona de la Alpujarra granadina, pasando el 'espantable' (dice Pedro Antonio de Alarcón) puerto de la Ragua, se alza el impresionante y lúgubre castillo de Lacalahorra, visión que, de ser conocida por Bécquer, le hubiese servido sin dudarlo para alguna de sus macabras leyendas inspirada en su tétrica apariencia. Pero ésta engaña. Bajo el sombrío aspecto exterior, de torres y baluartes circulares enrojecidos por el polvo de las minas de Alquife, cobija un preciosista palacio bramantino en el que abunda el mármol de Carrara, el alabastro y las más nobles maderas. Trabajaron en él artistas genoveses y lombardos traídos ex profeso de la lejana Italia, que dejaron su firma en capiteles corintios de hermosa labra, balaustradas y grutescos decorados con motivos fantásticos y mitológicos.

Este suntuoso castillo-palacio, considerado como la primera construcción civil renacentista de la península, alberga una curiosa historia.

Don Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza, obsesionado como puede apreciarse por querer descender del sobaco del mismísimo Cid, fue primogénito del archiconocido favorito de los Reyes Católicos, Cardenal Mendoza ("mi más bello pecado", que dijo de él su padre, a ver) y doña Mencía de Lemos, camarera de Isabel la Católica; nieto por tanto del Marqués de Santillana, el de las Serranillas. Era Rodrigo caballero de armas tomar, temerario y pendenciero, pero a la vez, culto, estudioso y amante de las artes. Despreciaba al rey Fernando y supo buscarse problemas donde quiera que sentó el pie.

Se cuenta que, durante su estancia en Italia, estuvo prometido a Lucrecia Borgia, pero la historia del castillo comienza con su boda con doña Leonor de la Cerda, hija del duque de Medinaceli, con cuya dote se construyó la mayor parte del fastuoso edificio. Desgraciado fue el matrimonio, pues no solo dio hijos que fallecieron en temprana edad, sino que, además, doña Leonor moriría pronto, víctima según la leyenda de un berrinche de celos.

No era, sin embargo, caballero que amase la soledad y pronto buscó sustituta. Parece que se enamoró locamente de una jovencita, casi niña, a quien llevaba más de veinte años, doña María de Fonseca, hija nada menos que del temido marqués de Coca. Quien haya alcanzado a ver su castillo en tierras segovianas, podrá hacerse una ligera idea del poder inmenso del citado marqués. Ante la negativa del padre a esa relación, Rodrigo y María contrajeron esponsales en secreto, no solamente sin permiso del padre, sino lo que era más grave, de la preceptiva autorización que los Reyes Católicos debían dispensar en ese tipo de enlaces. Con estos precedentes, no es extraño que el marqués de Coca lograse, una vez enterado del asunto, la anulación del bodorrio y desposase a su hija con quien le tenían predestinado, amén de someterla previamente a increíbles castigos y encierros. Pero el matrimonio duró poco ya que el impuesto consorte muere en breve espacio de tiempo. El marqués de Coca encierra a la hija en un convento vallisoletano, remedio a la viudez tan frecuente en aquella época. Pero no contaba con el arrojo de Rodrigo Días de Vivar y Mendoza, que por entonces (imaginad el alegrón) había conseguido al fin el título de Conde del Cid. En un lance totalmente novelesco, Rodrigo rapta a María del convento y la lleva, por fin, al castillo de Lacalahorra, desafiando todas las voluntades. En resumen: arremetió contra todo y contra todos. Y venció.

Aunque no lo cuenta la historia, o mis fuentes no van más allá que mis precarios conocimientos, es de suponer que fueron felices y comieron perdices.

En la puerta principal de acceso al castillo hizo esculpir la siguiente leyenda: "Sirva esta fortaleza de guarda de caballeros a quien sus reyes quisieron agraviar". Lo que no quiso o no pudo evitar fue que, en el patio principal del recinto, de un refinamiento preciosista, tallada a cincel sobre el blanco mármol de Carrara, figure otra inscripción: "MUNUS UXORIS", esto es, "regalo de tu esposa". De la primera, claro.

(Februario 2007)

Un proceso para Kafka


La actuación de la Inquisición española nos dejó aberraciones y arbitrariedades de todo tipo cometidos en nombre de la fe católica. Abundante es la bibliografía sobre atropellos, crímenes y abusos cometidos, pero hace tiempo suscitó mi curiosidad un hecho insólito: el encausamiento seguido contra Fray Bartolomé de Carranza, Arzobispo de Toledo, porque reúne singularidades que llaman la atención, no sólo por la categoría del personaje, sino por las peculiaridades de su proceso.

Bartolomé de Carranza, navarro de nacimiento, ve la luz a comienzos del siglo XVI (en 1503, tres años después que el emperador Carlos V), y toda su vida es ejemplo de dedicación a la teología, la religión y las buenas obras, destacando por su proverbial generosidad. Ingresa como dominico y cursa estudios en Alcalá y Valladolid, obteniendo el grado de Maestro en Teología en Roma. Su reconocido prestigio le hace ser nombrado representante, como teólogo imperial, en el Concilio de Trento, donde consta que participa activamente. A su vuelta, es promovido a Provincial de Castilla.

Hombre eminente, desprendido con los necesitados y amante de la docencia, siempre huye de títulos y cargos, a pesar de su enorme influencia en la Corte. Carlos V le ofrece el obispado de Canarias y el de Cuzco, pero Carranza rehusa ambos nombramientos. A la muerte del Cardenal Silíceo, ha de aceptar sin embargo, por imposición de Felipe II y tras haberlo rechazado en tres ocasiones, el arzobispado de Toledo. Consta que tras su toma de posesión, emplea 80.000 ducados de la “dote catedralicia” en redimir cautivos, sustentar viudas, casar huérfanas, ayudar a hospitales y otras obras similares.

Profundamente convencido de los principios tridentinos, arremete en sus escritos, en multitud de ocasiones, contra clérigos que tenían desatendidos a sus fieles y sus parroquias. En especial ataca con extrema dureza a Fernando de Valdés (“Controversia de necessaria residentia personali Episcopum”), quien a lo largo de sus 25 años de obispado, jamás se ha dedicado a atender sus diócesis en Orense, Oviedo, León, Sigüenza o Sevilla, y ha permanecido en la Corte desempeñando altos cargos de gran influencia, como Presidente del Consejo de Castilla, de la Cancillería de Valladolid o del Consejo de Estado. La enemistad entre ambos clérigos se hace patente y sin retorno. Con lo que no cuenta Carranza es con que a Valdés le nombrasen, en 1547, Inquisidor General, en aquél tiempo el cargo más poderoso e influyente tras el Rey, y en cuyo puesto sólo fue superado en severidad y rigor por Fray Tomás de Torquemada. A él se debe la versión española del “Indice de Libros Prohibidos”, versión corregida y aumentada del original lovainés, y por qué no decirlo, la fundación de la Universidad de Oviedo.

Valdés comienza de inmediato, y en secreto, a investigar a Carranza: sus actos, sus palabras y sus escritos, en especial sus “Comentarios al catecismo cristiano” publicado en Flandes. ¡Este será su caballo de batalla y su más preciada baza! La influencia de Valdés en la corte le ayuda a desparramar sospechas de herejía en los oídos más cercanos a Felipe II (se habla incluso de Bernardo de Fresneda, confesor real, como mediador propicio), hasta ocasionar la total enemistad entre el Rey y Carranza. Nombra luego a Melchor Cano, otro influyente teólogo, para que le ayude en la investigación. Se cuenta que éste y Carranza se encontraron tras que el segundo administrase la extremaunción en Yuste a Carlos V, en el ejercicio de su cargo de arzobispo de Toledo. Carranza se sincera y comenta a Melchor Cano sus sospechas sobre las investigaciones que la Inquisición realiza sobre él, pero Cano calla. No le dice que acude a Valladolid, llamado por Valdés para enjuiciar teológicamente su catecismo, ni que se cuenta ya con dispensa del Papa de Roma para procesarle.

Carranza recibe aviso de presentarse en Valladolid para declarar ante el Tribunal, pero antes de emprender el camino, se presenta en Torrelaguna, donde residía aquél verano, un poderoso personaje enviado por la Inquisición, el juez Rodrigo De Castro, a cenar con él. Conforme a una maniobra que se repetirá más de una vez durante aquél reinado, la comida transcurre en un ambiente agradable y distendido. Pero mientras ambos cenan como amigos, un pregón por parte de oficiales y corchetes que servían de séquito a De Castro, advierte al pueblo que no salga de casa, se cierren puertas y ventanas, prohibiéndose el tránsito por las calles de la villa, bajo pena de severos castigos. Es la noche del 22 al 23 de agosto de 1559. A las 3 de la madrugada es detenido Fray Bartolomé de Carranza e incautadas todas sus pertenencias y documentos. Se le traslada a Valladolid, donde ingresa en las cárceles de la Inquisición, dando comienzo a un proceso que duraría diecisiete años.

Pero Carranza no se rinde y contraataca. Recusa al Inquisidor General Valdés como juez de su causa por enemistad manifiesta, incidente que se decanta a su favor nombrándose un sustituto. Pero la venganza de Fernando de Valdés es ya una rueda que no hay forma de parar. En la cárcel inquisitorial vallisoletana, Carranza pasa ocho años de su vida, mientras se instruye el proceso. Escribe Gregorio Marañón que de las 43.000 páginas, celosamente custodiadas en la Academia de la Historia, “no se sacará un solo adarme de convicción sobre la herejía de aquél prelado, y sí sólo una inmensa piedad para él y una indisimulable repugnancia para sus perseguidores”.

La prolijidad y lentitud del sumario, así como la categoría del encausado, deciden al Papa (Pío V) a reclamar para sí proceso y procesado, pero eso no supone ninguna mejora para Carranza, que es trasladado a Roma y pasa otros nueve años en las mazmorras del lóbrego castillo de Sant'Angelo, impidiéndosele incluso la celebración de la misa. Roma nombra una comisión de teólogos de Trento para examinar el catecismo de Fray Bartolomé, que lo aprueba en todos sus términos; pero él no es liberado. Continúa el juicio, actuando como defensor de Carranza el también teólogo navarro Martín de Azpilicueta, de meritoria labor, hasta que el mismo Pío V, después de asistir a multitud de sesiones, decide dictar sentencia declarándole inocente. Sin embargo, ésta debe ser conocida por Felipe II antes de hacerse pública, para lo que el Papa envía un embajador con dicha misión, pero el retraso (a todas luces propiciado por el Rey para paliar el traspiés de la Inquisición) ocasiona que, a la vuelta del embajador, Pío V haya fallecido. Clemente XIII, su sucesor, presionado por motivos políticos, decide modificar el veredicto tratando de contentar a todos sin conseguirlo, y condena a Carranza como “VEHEMENTEMENTE SOSPECHOSO DE HEREJÍA”, obligándole a abjurar “ad cautelam” (algo parecido a “arrepentirse por si las moscas”) y sancionándole a retrasar 5 años su incorporación al Arzobispado de Toledo.

Por fin, en 1576, después de casi diecisiete años de cautiverio, Fray Bartolomé de Carranza es puesto en libertad. Muere 18 días después, en la misma Roma.

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El 10 de diciembre de 1993, gracias a las gestiones del cabildo catedralicio, sus restos fueron traídos a la ciudad de Toledo para su inhumación en un sepulcro preparado en la “Dives Toletana”. Un suceso, sin embargo, casi da al traste con el evento: el acto estuvo a punto de suspenderse por un apagón de siete horas, que sumió en la oscuridad a la ciudad del Tajo. Pero cuentan quienes estuvieron allí que el efecto de la iluminación mediante la luz de las velas, a que obligó el incidente, puso un toque especialmente emotivo a la esperada ceremonia.

Cerca de allí, en el Hospital que lleva su nombre, yace otro Inquisidor General: el cardenal Juan Pardo de Tavera, cuya estatua yacente esculpida por Berruguete aprovechando el vaciado del rostro efectuado tras su fallecimiento, causa el impacto sorprendente de la más real de las muertes. Aún así, gozó de las caricias que Catherine Deneuve dejó en su horrendo rostro, mientras rodaba la “Tristana” de Buñuel.

Y es que a la justicia, tanto humana como divina, se la representa con ojos vendados, quizás para evitar su sonrojo.

(2004)

El cristo de Cellini


Cuenta la historia que cuando el duque Francesco de Médicis quiso hacer un regalo a Felipe II para su recién terminado palacio-monasterio de San Lorenzo de El Escorial, fue al taller del escultor y orfebre Benvenuto Cellini, allá en Florencia, donde encontró lo que andaba buscando: un Cristo tallado en mármol blanco, crucificado sobre una sencilla cruz de lucúleo, ese mármol negro, duro y quebradizo, tan difícil de labrar que el propio Cellini renegaba de su fragilidad. El artista, ya en las postrimerías de su vida, guardaba celosamente la imagen, con tanto cariño y empeño tallada, para que le acompañase en su muerte, erguida sobre su tumba.

Cellini se vio obligado a regalar la obra "en vista de los grandes elogios que de ella hicieron" los duques, dice la historia oficial, que vaya usted a conocer la real, la cual emprendió viaje rumbo a España, concretamente al Palacio del Pardo. De allí, el imponente Cristo fue trasladado al Escorial a hombros de 50 porteadores, a pie, durante los rigurosos fríos de noviembre del año 1576. Ahora se exhibe en una capilla de la enorme basílica, separado por un solo muro de granito de la enigmática y perfecta "bóveda plana", prodigio técnico de la estereotomía de la piedra y milagro con vocación de perpetuidad de Juan de Herrera, que sostiene el inmenso coro del templo. Una inscripción a sus pies, reza: "BENVENUTUS ZELINUS, CIVIS FLORENTINUS, FACIEBAT ANN 1562"

El "Cristo blanco", como se le llama, está tallado en un gran bloque de mármol de Carrara y sus brazos fueron ensamblados con tal maestría que cuando las tropas francesas los arrancaron, se creyó que habían sido aserrados.

Lo contemplé por primera vez allá por 1999. Entonces, casi podía tocarse, pues solo un cordón de seguridad me separaba de él. Hoy en día, una enorme plancha de metacrilato, de 5 centímetros de espesor, lo aísla y protege de posibles bárbaros asaltos.

La imagen es de una armonía que sorprende: un Cristo apolíneo de belleza deslumbrante, en que la muerte se representa sin el dolor del sufrimiento, sin las huellas del martirio, lejos ya de la tortura y el suplicio. Alguien dijo que posee 'la cabeza más bella del renacimiento italiano', y quien lo contemple no podrá menos que aseverar tal afirmación. Sus ojos semicerrados, la boca entreabierta y la suave inclinación del rostro no expresan dolor, sino la elocuente quietud de la paz. No hay sangre, ni heridas, gotas de sudor o corona de espinas, ni una muesca en el mármol; es un hombre íntegro, solo, perfecto, muerto. Y entero. Tan entero que el paño anudado sobre sus caderas es de auténtico hilo.

Cada vez que visito el Monasterio, y muchas son las oportunidades, me acerco a contemplarlo extasiado. No, no voy a rezarle, ni a pedir, ni a rogar, que mis ideas casan mal con la representación, sino a observarlo, a suspender mi ánimo fascinado ante la perfección de sus formas, de su color, de su expresión. Yo no veo en él a un dios, sino a un artista, a Cellini, custodiado para goce de los sentidos en aquél enorme arca de berroqueñas piedras.

(2005)